12 de enero.
El alcohol se evapora por mis poros para condensarse con el ambiente y hacer de mí una masa viscosa y borracha. En días como hoy me da por llorar, pero esta vez es distinta. Esta vida es distinta y voy a aprovecharla porque es la última de todas.
14 de enero.
Soy una depredadora de almas. Anoche bajé al bar de siempre, a la hora de siempre y como siempre, sola. Por primera vez me atreví a levantar la mirada por encima de la copa, y ahí estaba yo en todas partes. La chica que charlaba con indiferencia con sus amigas, el perdedor en el rincón manipulando algún objeto inexistente, los niños de papá que se metían de todo en los servicios. Todas esas personas eran yo.
Apuré hasta la última gota y sentí un escalofrío. Necesitaba más y sabía quién me lo podía dar. Salí del bar y me siguió una pareja con la que estuve cruzando miradas toda la noche. Debían tener entre los dos mi misma edad, y eran un calco la una del otro; seguro que compraban la ropa juntos, pensé al tiempo que soltaba una carcajada. Les hice subir y les ofrecí una copa.
Mientras él insistía en contarme su vida balbuceando, ella asentía con una media sonrisa. Que estaban sobrepasados era algo obvio, pero no me importaba. Disfrutaba con sus tribulaciones, me hacía grande y poderosa según se sucedían, acompasados, los segundos. Finalmente me abalancé a probar esa juventud de la que hacía tiempo no disfrutaba.
Mi mente se nubló de una manera maravillosamente perturbadora, me sentía como hacía años y, ahora sí, mis invitados hacían bien a corresponderme. No miento, sería estúpido hacerlo, si admito que me relamo al recordarlo y mis dedos a duras penas aguantan el traqueteo del teclado. Cuando, poseída por un frenesí de sexo y carne, noté el sabor de las primeras gotas de sangre, comprendí que la velada había terminado. Le di a mi compañera un pañuelo que se metió en las bragas, recuerdo de mis sedientos colmillos, y se fueron sin mediar palabra.
Por mi parte he seguido gozando la noche, a media voz entre trago y trago.